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viernes, 16 de octubre de 2020

Viaje a la India (Capítulo 36)

 

Esperando en la estación de Ajmer y llegada a Sawie Modhapur.

Ya en Ajmer tenía que coger un tuk para ir a la estación de trenes. Curiosamente me pidió 50 rupias, menos del doble que el anterior tuk para hacer el camino inverso. Le dí 10 rupias más. Allí pensé que podía visitar Khajurao, un pueblecito famoso por sus templos jainistas y sus esculturas eróticas. (Si hubiera un tren nocturno sería perfecto, pensé). Eran cerca de las dos de la tarde y de unas diez ventanillas, tres estaban operativas. Al llegar mi turno, después de estar lidiando con un señor que intentaba colarse (circunstancia muy habitual, por cierto) y con la gente que se pegaba a la cola como si se acabara el mundo, le comenté a la funcionaria lo que quería. Me respondió enviándome a otra ventanilla, la número 5. En fin, made in India. Allí que me fui y como no podía ser de otra manera, había esperando más gente. Mi consuelo fue ver que no fui el único al que mandaron a la misma ventanilla. En la cola, conocí a una bella india que quería viajar con su familia al sur. Le llamó la atención mi libro-guía. Pasaban los minutos, y en esa taquilla no aparecía nadie, mientras que en la taquilla contigua había una mujer contando un fajo de billetes. Decidí irme, tras despedirme de la chica.

Fui a comer a un modesto restaurante dentro de la estación. Compartí mesa con un comensal. Esperé y esperé hasta que empecé a sospechar de que se habían olvidado de mí. No me había equivocado. Le volví a pedir a un camarero joven y vino rápido para responderme que el plato que me apetecía no podía ser. ¡Vaya día! Abandoné el lugar con la misma sensación que en la estación y, en un puesto cercano, me compré las socorridas samosas, unas empanadas con patatas, pimiento y cebolla y agua para acompañar.

Me encaminé hacia el andén número 5, donde me zampé los “pinchos” indios. No pasó mucho rato hasta que me abordaron sucesivamente tres chicos jóvenes, uno tras otro que llevaban unas cremalleras en las manos, auriculares alrededor del cuello y una mochila a sus espaldas. Creía que me preguntaban por el candado que llevaba en el macuto y no les hice mucho caso. Pero, en realidad, su propósito era cambiarme una cremallera medio descosida de mi “equipaje”. No le había dado mucha importancia al asunto. Recordé que a estos “cambiacremalleras” los había visto antes merodeando por otras estaciones, pero no se me había acercado ninguno. Ese día, uno de ellos me detuvo y me señaló el descosido y se ofreció a cosérmela por 100 rupias. Como no sabía lo que tardaría, le comenté que el tren no tardaría en salir. Cinco minutos después estaba como nueva. Llevaba otra mochila más pequeña y pensé que podía apañarla también, pues tenía un forro descolgado que se había enganchado con una cremallera, pero no lo hice. La verdad es que tenía ganas de subirme al tren (que ya estaba apostado en la vía) para refrescarme y que me llevaría a Sawai Madhopur. Me fijé en el número de mi vagón, estaba en el extremo opuesto. Tendría que caminar unos minutos, ya que el tren (como todos los que vi) era más largo que un día sin pan. Cuando llegué, todavía las trabajadoras estaban limpiando. Dejé lo más pesado a la entrada del vagón para poder vigilarlo y bajé para no molestar. Las limpiadoras eran dos mujeres que sacaron al poco tiempo un enorme saco lleno de basura. Tras de dí, decidí subir al vagón con literas, que estaba prácticamente vacío y me tumbé un poco. Creo que me dormí. Lo único reseñable del viaje fue el encuentro con un señor bigotudo y tripa que se sentó en frente de mí y tras saludar con la cabeza, se puso un vídeo con el móvil a un volumen considerable. Este tipo de episodios se daban de vez en cuando. Me parece que los auriculares no están muy extendidos. Busqué mis tapones y me los puse.

Llegamos a Sawai puntuales, 4 horas después. Al salir de la estación, me esperaba sólamente un “huérfano” tuk que me quería cobrar 100 rupias por un kilómetro (¿¿¡¡por un kilómetro!!??). Pactamos la mitad, aunque había más distancia y le dí un poco más. Hubiera sido imposible encontrarlo y menos de noche. El hostel era una casa grande con varias habitaciones que se hallaba en medio de campos que formaban parte de otras caseríos. El señor que me atendió era un indio ya entrado en años que tardó poco en ofrecerme el safari para ver tigres. Mientras hablábamos apareció un joven holandés, que me presentó, el otro (y único) huésped que se hospedaba allí. La habitación que me enseñó estaba bastante decente con un baño incluido. Quedamos en realizar el safari al día siguiente, dándome a elegir si ir por la mañana o por la tarde. Me decanté por el turno de la mañana temprano para huir del calor. Costaba 800 rupias y el medio de transporte consistía en un jeep con capacidad para 20 personas, pero para los extranjeros subía el precio el doble con impuestos incluidos.

También me comentó que podía hacerme algo para cenar si quería. Me leyó el pensamiento. Media hora estaba cenando un arroz frito con verduras que no me pude acabar. En ese tiempo aproveché para ducharme y lavar algo de ropa. Después de la cena me pidió que le pagara, a lo que accedí. Me fui a dormir pues el desayuno era a las 6 y media hora después, saldría hacia el parque nacional de Ranthambore ¿Se dejarían ver los tigres?



cerrojo de la habitación



viernes, 25 de septiembre de 2020

Viaje a la India (Capítulo 33)

 Visita al Dargah de Ajmer.

Me encaminé hacia el Dargah cuando el sol ya empezaba a despuntar. El Dargah una pequeña ciudad cercada por unos muros, cuyo origen es un afgano místico llamado Khwaja-Muin-ud-Din-Chishti, (desconozco cómo sería conocido en su círculo más próximo) que gozó de cierta fama de santidad en el siglo XII en Ajmer, convirtiéndose en uno de los santos musulmanes más honrados de la India, el Dargah es fiel reflejo de ello. Aquí fue enterrado y en torno a su tumba se fundó este centro musulmán, punto de peregrinación para esta secta musulmana.

En principio, estaba cerca y prefería ir andando adentrándome en las tripas de la ciudad. Aunque parecía fácil dar con él en el mapa de la guía, tuve que recurrir al google maps, pero no me funcionaba. Sólo me quedaba una opción; la más humana, preguntar. Aunque no había mucha gente a la que acercarse a medida que me acercaba al laberinto urbano. Tras preguntar dos veces, pues las calles se estrechaban y se retorcían cada vez más finalmente llegué al Chadarg. Allí descubrí porque no había practicamente nadie por las calles, todo estaba allí y sus alrededores. El siguiente paso era dar con la entrada (luego caí en la cuenta de que tenía varias). Al preguntar, unos me indicaban por una parte, otros por otra, pensé que dependería del camino si era más o menos largo. No tenía prisa, pero tardé más de lo esperado. Finalmente llegué a una puerta, donde un vigilante me señaló los zapatos y me explicó que nada de fotos. El calzado se dejaba en la entrada. Al descalzarme vino un hombre que me dijo que por esa puerta no podía entrar, sino por otra (Había dos más). Me tuve que calzar, rodear el muro y dar un paseo que no era corto. Al llegar a la otra puerta, tuve que dejar las zapatillas allí mismo por 10 rupias y me indicaron que casi en frente estaba el cloakroom (las taquillas) tras cruzar un patio de un edificio al que cual se accedía por unas escaleras que subían y luego bajaban y al fondo allí estaba. Tenía que dejar todo allí, menos el dinero y el pasaporte. También tuve que dejar una bandolera que llevaba 20 rupias más. Volví a la puerta. Uno de los vigilantes me señaló los pantalones, diciendo que eran muy cortos. Me dejaba pasar a condición de que no me los subiera. (Mi intención no era provocar) Después leí en la guía que recomendaba llevar pantalón largo. (De todas maneras no me había depilado). Bromas aparte, sobre mi sombrero del que nunca me separaba, extrañamente no me dijeron nada, pero, por respeto me lo quité. Todos llevaban un bonete. Evidentemente era el único occidental que pululaba por allí y, quisiera o no, llamaba la atención. Por eso, pronto un señor me preguntó de dónde era y me recordó el tema del pantalón. Otro me “invitó” a que me diera una vuelta. Serían las 6 de la mañana y estaba a rebosar. ¿Cómo describir aquel lugar? Se mezclaban antiguos espacios de mármol blanco con pabellones pintados como si fueran un cortijo andaluz verdiblanco que dañaba la vista. En un extremo a varios metros de profundidad bajo el nivel donde estábamos había una charca de aguas verdes. Contra la verja que la protegía algunos fieles se apoyaban o se chocaban con la cabeza. Por otro lado, había varias salas abiertas para rezar, aunque prácticamente vacías. En una de ellas, al acercarme, un señor me preguntó por qué no rezaba...Le dije que no con una sonrisa. La tensión iba en aumento. Me alejé discretamente. Además, el lugar estaba rodeado por una sucesión de puestos de venta, vamos, un zoco, donde se ofrecían desde rosarios, pulseras, textos religiosos. Un centro religioso-comercial. Justo en medio había un templete rodeado de más fieles, leí que allí estaba enterrada la hermana del líder. Allí, un señor alto, tras preguntarme de dónde era, me repitió lo de los pantalones y que respetara todo aquello... Y acabó diciéndome... Be careful...(ten cuidado) cual mafioso siciliano (sólo le faltó susurrarlo). En ese momento, salía del templete un señor mayor, que cuando me vio empezó a gritar y entendí que me decía que me pusiera el sombrero. Me lo cogió. Sí, la verdad que muy delicado. No había dudas que los infieles no eran bienvenidos. Seguí “viajando por el pasado” y tuve otro encuentro destacable. Un señor me paró y me dijo que tenía un regalo para mí; 5 rupias, una moneda, añadió que me la metiera en el bolsillo, que me daría suerte y que no la gastara como muestra de respeto. Añadió que rezaría para protegerme a mí y a mi familia, pero.... pero... pero... a cambio le tenía que dar algo... Entonces, le comenté que no era un regalo “¿Qué tienes para mi?”, me preguntó con mirada más que desafiante. Entendí que tenía que subir la apuesta y le devolví su moneda de la suerte. No le sentó muy bien y acabó diciendo “be careful..be careful... Get out of here! ¡Menos mal que me quería hacer un regalo y quería rezar por mi! La fe mueve montañas, dicen, pero más que nada dinero. Y si no, el siguiente episodio que pude ver allí y que a cualquiera le hubiera llamado poderosamente la atención.

A la entrada de un pequeño altar central había un grupo de gente sentada, entre ellos músicos y cantantes con mucho brío y ganas. Justo en el centro había dos personas. Por un lado, un anciano de barbas blancas, bajito y con una túnica a juego y, por otro, un imán o sacerdote que podría pasar por un ortodoxo griego con bigote y barba mogol y, para terminar, con un bonete en la cabeza de cardenal un poco más grande y anaranjado con una túnica del mismo color. A este último se le iban acercando gente para que le pusiera la mano en la cabeza. Los ungidos ya iban preparados con un billete en la mano que le daban antes. A cambio del billete le bendecía con una mano. Con una mano le tocaba la cabeza y con la otra recogía el dinero. Después, lanzaba ese billete a los músicos que, a su vez, uno de ellos lo acercaba al grupo y los acumulaba. El imán llevaba varios billetes en la mano y de vez en cuando, lanzaba unos cuantos al mismo tiempo a los músicos en forma de lluvia, pero de uno en uno. Un espectáculo amenizado por cantos y música que no dejaban de sonar en ningún momento.


Estuve allí una hora más o menos observando todo aquello atentamente. No faltó algún “fan” que me pidió un selfie (había cogido el móvil, aun a sabiendas que estaba prohibido hacer fotos, pero me aventuré y me atreví hacerme una con ellos como recuerdo. Si alguien me llamaba la atención podía responder que ellos me lo habían pedido y que también habían hecho uno. De alguna manera, me recordó el golden temple, de Amritsar, como lugar de peregrinación, aunque allí la gente fue mucho más amable y no había fiestas del dinero.

Salí de aquel lugar como si hubiera vivido una película. Recogí mis cosas y me calcé. El hombre de la puerta me devolvió las 5 rupias que le había pagado para que custodiara mis zapatillas. No sé muy bien por qué lo hizo y me fui a la estación a desayunar algo (otra vez) y a comprar los billetes para los próximos días.


viernes, 18 de septiembre de 2020

Viaje a la India (Capítulo 32)

 Llegada a Ajmer

Volví a la estación en tuk con un chófer muy simpático que me dio conversación todo el camino. Eso sí, aprovechó para poner gasolina. Licencias de los tuks, pensé. Había tiempo de sobra, también para recuperar la mochila. Al conseguirlo, busqué un sitio para cenar. Antes aproveché para preguntar los horarios de los trenes para ir a Siwie Modpuhr, pueblo que está muy cerca del Parque Natural de Rotambore adonde tenía pensado ir para ver tigres en estado salvaje (si se dejaban, claro). La empleada a la que le pregunté tenía ganas de irse a su casa, pues era tarde, y no se mostró muy afable, también es verdad que o no me explicaba bien o no quería entenderme (o ambas cosas). Me preguntó incluso de dónde era, por si entendía español... Creo que no le hizo mucha gracia que le preguntara los horarios de Ajmer a Siwie y no al revés, como creó que entendió.

Como estaba en un edificio cercano a la estación, cuando salí me asaltaron varios tuks, pensando que acababa de llegar. A uno de ellos le tuve que decir que sólo quería cenar cerca de allí. Mi tren salía a medianoche. Aquel hombre me indicó un hotel de dos estrellas que se encontraba a cinco minutos andando. Cuando llegué y vi la fachada y el edificio en sí, pensé que le podía haber caído alguna estrella más. Entré con mi mochila notando que no estaban muy acostumbrados a recibir clientela con semejante aspecto. Aún así, el servicio fue correcto y servicial. Tampoco había mucha gente. Pedí la carta y me decanté por un arroz con verduras y una cerveza, que me costó más que la comida, pero seguía siendo barato para un viajero europeo. Como me solía suceder, me sobró algo de arroz que me lo prepararon para llevar. Después de llenar la panza, volví a la estación y esperé el tren. Apoyado en una pared, dejé el equipaje y me puse a leer, pero mi mirada por momentos dejaba el libro porque lo que sucedía en la estación era ´más interesante. Vacas rondando que buscaban comida, alguna espontánea discusión, etc. Un chico me preguntó si podía sentarse a mi lado, claro, le dije. Me empezó a hablar en inglés, interesándome por mí. Hasta ahí todo normal, pero acababa las frases con un “but you forgott” (pero lo olvidaste) ¿Olvidar? ¿el qué? Pic... pic ¿pic? ¿picture? Ah, la foto. Me sentí confundido durante unos eternos segundos hasta que descubrí que sus amigos y él se habían hecho una foto conmigo aquella tarde en la fortaleza de Chittogarg ¿Cómo me iba a acordar si había perdido la cuenta de la gente que me había pedido una foto? 


Todavía esperando una niña descalza y con mal aspecto se me acercó a pedirme dinero. Le contesté que si quería le podía dar comida si tenía hambre y le di el arroz que me había sobrado. Se alejó unos metros y sacó la comida, se deshizo de la bolsa y la metió en otra que llevaba un adulto al que se la había dado. ¿Su padre? ¿Quién sabe?

Por fin llegó el tren y me despedí del chico tan majo que iba a Agra. Aunque era el mismo tren, él llegaría a las diez de la mañana y yo siete horas antes a Ajmer. En el vagón que me habían asignado había un grupo de niñas de 12,13 años con un uniforme propio de un colegio o de un equipo deportivo. Uno de los jóvenes revisores me pidió el billete nada más subir. ¿Cómo podía ir en ese vagón? Su mirada decía eso y más. Me vio cara de depravado, sin duda, o, por lo menos sospechoso de violar niñas. Como el viaje eran tres horas, el revisor consintió que durmiera donde me había tocado. No me hubiera importado cambiarme, pero el tren iba bastante lleno. En fin, me dormí rápido y ni me enteré del viaje. La alarma sonó sobre las tres y cuarto. Poco después vi bastante movimiento por el pasillo del tren. ¿Ajmer? Pregunté...Yes, yes, me contestaron.

Al bajar del tren eran las tres y media de la madrugada. Habíamos llegado con una puntualidad suiza. A pesar de las horas intempestivas que eran, la estación era un hervidero de gente.. Busqué el cloakroom para dejar la mochila. Fui a la sala de espera a ver si podía dormir algo. ¿Adónde podía ir en ese momento? A ninguna parte,. Decidí tomarme un chai con un pastel cortado a trozos fuera de la estación, donde familias enteras dormían sobre el suelo tapados de la cabeza los pies. Una escena que me impresionó. Si había ido a Ajmer era para ver el llamado Dargah, una mezquita o recinto sagrado, prácticamente lo único interesante de esta “pequeña” ciudad, (medio millón de habitantes). La guía recomendaba no llegar un viernes, día festivo y de rezos musulmanes y si había que pasar alguna noche, mejor hacerlo en Pushkar, a pocos kilómetros. (Después de visitar el Dargah entendí estos consejos). Sin duda, la visita merece un capítulo aparte, el próximo. Continuará...