viernes, 14 de agosto de 2020

Viaje a la India (Episodio 27)

Una tarde en Mont Abu

Por la tarde fui a dar un paseo rodeando el lago hacia un mirador conocido como Sunset (ocaso o atardecer) Se encontraba a poco más de un kilómetro. De camino vi a un lado una verja con un cartel que decía no parking y encima otro, cementerio cristiano (en inglés). Como la puerta estaba abierta entré, ya dentro había a la izquierda una pequeña caseta donde habitaba un anciano que dormía en un catre. Adivinó mi presencia y se reincorporó. Le pregunté si se podía visitar y tras responderme afirmativamente, me indicó que a un costado, estaban los católicos y al otro, los protestantes.


No había muchas tumbas, pero eran muy antiguas, lo que las hacía muy interesantes. Algunas de mediados de 1800. Estaban enterrados ingleses que habían vivido en estos lares, soldados, etc... Había una del 2015. La vegetación campaba a sus anchas lo que le daba un tono nostálgico. Confesaré que desde jovencito me interesó visitar cementerios con cierta solera, lugares de paz y llenos de historia.

Seguí mi camino dejando atrás un par de lagos con agua bastante sucia y un pequeño templo jainista bastante moderno hasta llegar a un descampado que se confundía con la carretera. Allí había caballos puestos donde vendían comida y baratijas. Al fondo había una gran valla semi levantada. En un extremo, un guardia sentado observaba a la gente que pudiera venir. En cuanto me vio que me acercaba me pitó con un silbato, indicándome una caseta en la que vendían tickets. Junto a ella un tablón con varios precios. Curioso, pensé, cobrar por ver una puesta de sol. Será algo simbólico, pues no. 300 rupias ¿Para ver un paisaje? Pregunté al hombre qué era aquello tan extraordinario. Él, claro está, era un trabajador sin más. Intenté explicarle que no me parecía justo que se cobraba por un hecho de la naturaleza (en la guía tampoco ponía nada de precios) y, claro, pronto desistí. El hombre acabó por disculparse con un sorry y mirada empática. Tampoco me había gustado que me silbara aquel guardia sin miramientos. Decidí irme. Lo de menos era el dinero, era el acto en sí. Ay, el dinero. Algún día nos cobrarán por respirar. Por cierto, en el templo de Delwara la entrada era gratis, pero delante de un altar había un cofre de cristal en el que los fieles metían modestos billetes, el cual estaba lleno. Dentro del templo había otro guía, que iba vestido como si fuera un scout con un pañuelo blanco al cuello con una camisa gris y pantalones indios de color rojo. Cuando salimos todos se puso en medio de la puerta y como fui uno de los últimos en salir, me dí cuenta que llevaba un buen puñado de billetes en una de sus manos. Cuando pasé por su lado, ni me miró, no esperaba mucha propina. Al recoger la mochila y el calzado el señor me pidió un fino “money”. Ningún cartel que lo indique.


Todavía aturdido por cobrar un dinero para ver una puesta de sol, volví por donde había venido con la idea de ver el modesto templo jainista que había visto antes. Estaba rodeado por un muro. Doblé por un camino que daba a unas cuantas casas bajas, En la puerta de una de ellas, una mujer que no hablaba inglés me hizo gestos con cara de pocos amigos. Quería saber adónde iba: “ a ver el templo” le dije. No muy lejos, frente a ella un niño le decía en hindi lo que yo intentaba expresarle. El niño me indicó el camino y quiso acompañarme. Querría dinero, pensé. Iba con ropa sucia, pero bien peinado. Era muy amable y risueño y tenía la mirada de un adulto. Tendría unos diez años. La pequeña puerta del templo estaba abierta. Al fondo había un figura de mármol blanco en posición de loto con cara humana y barba. Tan humana parecía que de lejos habría dicho que era un hombre. El niño me avisó: Los zapatos”, “ah, sí”, le respondí. Tampoco había mucho más. Me quedé hablando con él un rato, durante el cual me interesé por su vida. Su padre era profesor y de mayor quería ser policía. Finalmente me preguntó si tenía monedas españolas. Casualmente tenía diferentes monedas de céntimos y se las dí. Se puso contento. Me dijo que su padre coleccionaba monedas indias. ¡Qué casualidad que esa mañana volviendo de los templos jainistas un señor salió de su restaurante para ofrecerme algo de beber y quiso que le diera monedas españolas, incluso quería un billete de 5 €. ¿Afán coleccionista? Le dí varias monedas también.

Me despedí del niño, el cual no me pidió dinero y tampoco le dí. Se puede conocer a alguien sin interés monetario, ¿no? Me encaminé otra vez hacia el lago, donde creía que había otro mirador. Al final encontré unas escaleras de piedra. Había dejado el sendero que rodeaba el lago y desde la cima hice algunas fotos.


Durante el paseo, me topé con dos mujeres (y algún hombre) con el traje típico de esta zona. Les pregunté si les importaba que les inmortalizara y me miraron molestos, por lo que abandoné la idea. Sin embargo, enseguida me paró un individuo con no sé qué intenciones. Quería hacerse una foto o ser un intermediario con las mujeres con tal de ganarse unas rupias. Se puso algo pesado y me alejé de él. Me lo volví a encontrar horas después, preguntándome adónde me dirigía, “al hotel”, le conteste...

Ya era de noche y ni siquiera sabía qué hora era porque había dejado el móvil cargando en el hotel. Pensé en cenar, me apetecía una hamburguesa. Desde que había llegado a la India, había comido poca carne y alguna cerveza. Tampoco extrañaba el vino. Y así fui a un restaurante cercano y me pedí una hamburguesa con queso (por encima del pan ¿?) y unas patatas fritas, que llegaron cuando ya casi había acabado la hamburguesa. Un montón de patatas que no me iba a terminar, pero no las tiraría, y menos por estos lares. Me había sentado en el restaurante, desde donde podía pasar el gentío de la calle. Me llamó la atención un niño que llevaba una mochila a cuestas que vendía o, al menos , lo intentaba, palos de selfie. Iba y venía por la calle buscando compradores. Se me ocurrió que le podía dar las patatas que me habían sobrado. Fui hacia él, después de terminar la cena. Estaba sentado al lado de un hombre que miraba algo en el móvil. Desde cierta distancia le hice unas señas para que se acercara. Y así hizo. Le pregunté si aquel hombre era su padre o un familiar. Dudó y me contestó que no. Le pregunté si le gustaban los chips, en hindi “french fries” y asintió, entonces le dí la bolsa. No me dio las gracias, creo que estaba algo confuso y volvió a sentarse donde estaba antes. Me quedé pensando si aquel hombre lo estaba explotando por unas escasas rupias.


jueves, 6 de agosto de 2020

Viaje a la India (Capítulo 26)

En Mount Abu (en busca del hostel perdido) 19 de abril de 2018


Durante el viaje en tren, un chico muy amable que conocí le pedí ayuda para reservar una noche en un youth hostel,. Le habían dicho 1050 rupias, un precio algo caro para una cama en una habitación compartida con literas, no sé si entendió que eso era lo que buscaba. El hostal, en principio, estaba cerca de la parada de autobuses y junto a un curioso museo espiritual, por lo menos eso era lo que tenía en el libro-guía. Pero no había ni rastro. Pregunté al vigilante de la puerta del museo. No sabía nada, aunque me indicó que subiendo una cuesta cercana había varios hostels. Cogí ese sendero por el que sucedían lo que parecían residencias, pero para niños. Al final del camino había un hotel con una fachada de color verde con unas cordeles con luces que seguían las balconadas. Con ese aspecto cualquier occidental hubiera pensado que era un club. Pregunté por el hostel y me ofrecieron una habitación. Al preguntar el precio, me respondieron con otras cuestión: ¿qué estaba dispuesto a pagar? Les dije que debería ver las habitaciones. Un chico me enseñó una alcoba con una cama de matrimonio y un ventilador enorme sin baño ni ventana. No había sitio ni para dejar mis cosas. Me pareció que ya tenía pensado enseñarme otra mejor y así poder elegir. Y así fue. No tuve ninguna duda, ésta tenía hasta TV y baño propio y la diferencia era de 200 rupias más cara, es decir, 800 rupias. En principio le dije una noche, no creo que hubiera problema para quedarme una noche más. Tras saber donde dormiría, me fui a cenar.

Al día siguiente desayuné en el bar del hotel y decidí que me quedaría otra noche y me encaminé a los templos jainistas llamados Delwara, según la guía los mejores del Rajastán, después de los de Ranakpur.

El móvil me lo había cargado el jefe fundador del hotel pues en la habitación me fue imposible cargar aparato electrónico alguno. Los enchufes son diferentes. Los templos jainistas se hallaban al norte y para llegar había que rodear un lago siguiendo un camino hacia la derecha. Alcancé un mirador donde se veía un valle y continué por un camino esta vez empedrado (hasta entonces era de tierra) que bajaba en perpendicular en zig zag salvando el desnivel que había. Me extrañó esa senda, hasta ese momento me estaba fiando del móvil. Ninguna indicación en la vida real. Lo importante es el camino y no el destino ¿no dicen eso? Volví a mirar el móvil y comprobé que me había equivocado de templo. Tenía que volver sobre mis pasos y llegar al camino principal y tomar otro desvío. Volví a consultar la guía, la cual indicaba que el horario de la visita era hasta las 12 h. ¡Menudos horarios! 


Faltaba una hora y media y hasta entonces había disfrutado del paseo sin tuks y sin casi claxones, sólo chicharras y poca gente. Tuve que darme prisa, sería una pena llegar y que no pudiera entrar. Llegué en media hora, pero cuando llegué me enteré que abrían a las 12 h. o en otras palabras que estaba cerrado hasta esa hora porque hasta ese momento los monjes estaban haciendo sus ofrendas ¿Lo habría leído mal? En fin, estaría abierto hasta las 18 h. En la entrada del recinto había un señor, el cual me había informado del horario y que vendía unas postales del interior de los templos, pues dentro no se podían hacer fotos. Lo tienen bien pensado. Además fuera había unas taquillas para dejar cámaras, móviles y demás utensilios, amén del calzado. Al hombre le compré una serie de postales (iban por lotes) doce por 100 rupias y a continuación me indicó que leyera un cartel que colgaba a las puertas del recinto. En él detallaba las condiciones para acceder al templo. La que más me llamó la atención fue aquella que decía que las mujeres que tuvieran la regla no podían entrar. ¿Y cómo lo podrían saber? Misterios de la fe...

Hasta que abrieran tenía tiempo de darme una vuelta por los alrededores. Junto al templo había casetas como si fuera una feria que vendían cualquier tipo de baratijas y souvenirs, además de alguna cafetería para tomar un tentempié. Lo que más me gustó fue un enorme árbol con parte de su tronco pintado de varios colores. Tomé algo en una tetería cercana y me fui hacia la entrada del templo. Había bastante gente haciendo cola siguiendo una barandilla perpendicular a la entrada. Había en realidad, dos colas, y me puse en la que había menos gente, pero pronto me indicaron que estaba en la cola de las mujeres, y me tuve que cambiar. (Había pensado … cuantas mujeres en esta cola... Pero no le dí mayor importancia). Está claro que mantienen sus tradiciones. El vigilante de la puerta dio la señal para que entráramos, le acompañaban un par de señoritas con uniforme, dijo algo en hindi que no entendí (era el único occidental) y la gente empezó a desfilar. Calculo que habría en torno a 70-80 personas.


Los dos primeros templos eran espectaculares. El serio vigilante nos acompañó guiándonos y se detenía cada cierto tiempo para explicar impasible detalles de las cúpulas y altares. Como hablaba en hindi y no entendía nada, le pregunté a un señor que estaba a mi vera qué estaba contando. Quizá sería algo similar de lo que me relataron en Jaisalmer, pero quería saber más. Este hombre muy amable me hizo un poco de traductor, el cual había venido con su familia de vacaciones desde la provincia de Gujarat, situada al sur. Curiosamente era profesor de inglés y, al despedirnos, me dio su tarjeta por si algún día se me ocurría pasarme por allí y aprender la lengua de Shakespeare. Tras la visita, que duró una hora más o menos, volví al hostel con la idea de comer allí mismo, dormir algo de siesta, conectarme a internet, pues había wifi y leer un poco.



jueves, 30 de julio de 2020

Viaje a la India (Episodio 25)

El mismo día por la noche

Esperando en la estación de Jaisalmer
Volví al hostel y estuve leyendo, haciendo tiempo hasta las 9 de la noche y me dirigí a la estación. Allí cené y me pedí una botella de agua refrescante. El chico del puesto era un adolescente que charlaba con sus amigos de manera animada. Entre risas, entablé conversación con ellos. Me empezaron a hacer las mismas preguntas de rigor, y el muchacho siguió contándome en privado que quería ir a Madrid, pues era gay y allí se vivía con libertad. Incluso me enseñó una foto del desfile del día del orgullo. También me dijo algo que no llegué a entender (supuse que se me estaba insinuando ¿?).


En un banco cercano, (en muchas estaciones están contados) había un saddhu acostado y durmiendo. Los saddhus son personajes que van vestidos con una túnica de color azafrán que han decidido llevar una vida de lo más austera y nómada, sin más posesión que una vara y un pequeño cuenco para las limosnas que reciben. Se me ocurrió dibujarlo, pero no pasaron ni cinco minutos cuando cambió de posición. Como no le podía ver bien la cara desde donde me encontraba, abandoné la idea de inmortalizarlo. Entonces el chico, con el que había estado hablando, me propuso que le dibujara a él. Y así, le hice un retrato ambos sentados en el suelo uno frente al otro. Creo que no quedó mal. Creo que le gustó porque se lo llevó. Me volvió a comentar algo que no entendí y no quise saberlo y me pidió la cuenta de una red social. Volvió a retomar le tema de su homosexualidad, preguntándome por qué no me gustaban los chicos, a lo que le contesté básicamente porque me gustaban las mujeres En fin, que parece ser que ligué con una criatura de ¡16 años!


Mientras le estaba dibujando, se había ido acercando gente que esperaban su tren. Entre ellos, una mujer hindú de cierta edad que le picaba la curiosidad. Echó un ojo al dibujo y con un gesto facial preguntó si era el que estaba posando. No estaba muy convencida, los demás espectadores rieron ante la reacción de la mujer ¡Fue muy gracioso!
Otro chico me preguntó si quería dinero, pues al ver lo que había dibujado, quería que le hiciera un retrato también. Le confesé que no sé si me daría tiempo, pues el tren no tardaría en llegar. De todas maneras, lo empecé y, media hora después, estaba listo. Aún tuve unos minutos para alargar las piernas y dar un paseo por el andén. Llegué a contar veinte vagones. En esta ocasión, el mío iba medio vacío, me puse cómodo, dentro de lo que se podía, y no tardé en quedarme dormido. Sin embargo, no descansé mucho debido a los continuos traqueteos del tren y demás ruidos. Según lo previsto, a las 7 de la mañana llegaba a Jodpuhr, desde donde cogería otro tren para el siguiente destino: el Monte Abu. Tras comprar fruta, un sandwich y un chai para desayunar, fui a solucionar el tema para ir a Abu Road. No tenía claro donde comprar el billete o se podía conseguir de camino ya en el tren. Tuve algún que otro problema para llegar a un entendimiento, (se unía su pronunciación con mi inglés a veces improvisado y finalmente lo compré en una taquilla por unas míseras 60 rupias, ni siquiera 1 €. El viaje suponía recorrer cientos de kilómetros que tardamos una buena jornada laboral.


Tantas horas dan para mucho, pero quien se aburre es porque quiere. Como en la vida, la gente subía y bajaba del tren y coincidí con unos más o menos tiempo. La mayoría era gente simpática que repetía las mismas preguntas, familias con sus niños pequeños, en las que hablaba únicamente el hombre y la mujer se escondía tras su sari y bellos ojos.
Aunque se presentaban, me costó aprender sus nombres y la solución pasaba por pedir amistad en una conocida red social a los cinco minutos. ¡Menuda afición! Supongo que de esa manera se sentirán más conectados con el mundo, con otras culturas o les encanta tener cuantos más “amigos”, mejor. No lo sé. Pues aún así, reconozco que el viaje se me hizo largo, sobre todo, porque estuvimos parados una hora y media a mitad de camino. Quizá fuera la sensación no de avanzar lo que se me atragantó. Pero, fue difícil olvidar el desfile de hermosas mujeres jóvenes con sus saris de alegres colores, enjoyadas con sus pulseras, collares y brillantes pendientes. Algunas se tapaban media cara con sus velos, lo que resaltaba sus ojos hipnotizantes. No podía resistirme a seguir viéndolos disimuladamente. Entre estos pensamientos y visiones (no sé si reales o no) llegamos a Abu Road, una pequeña población en la falda del Monte Abu. Desde allí aún quedaban 30 kilómetros que cubría un autobús escalando la pequeña colina.. Para ello, me encaminé a la estación de autobuses, que estaba cerca de la de trenes, donde compré el billlete-El viaje no era directo pues hizo unas cuantas paradas y justo una hora después llegué al Mount Abu.








jueves, 23 de julio de 2020

Viaje a la India (Episodio 24)

Una tarde en Jaisalmer con un espectáculo de marionetas.

Todavía me quedaba toda la tarde para disfrutar de Jaisalemer y ví en la guía que a las afueras (creía que estaba más lejos) había un lago con unos pequeños templetes hinduístas, alguno dentro del lago. Preferí ir hasta allí en tuk por un módico precio, sobre todo, por el calor que hacía.
Para entrar al recinto, aunque era al aire libre, había que seguir un camino y traspasar una puerta monumental. Pronto me salió al paso un señor ofreciéndome un paseo en barca (había varias). Aunque era barato, no me seducía la idea, y preferí tumbarme en el césped y disfrutar del lugar. Después de un rato, saqué mi cámara con un objetivo de larga distancia y los prismáticos que hacía poco me había regalado mi hermana y exploré el territorio. Me dirigí hacia los templetes, donde estaba la chica gordita del restaurante. Di una pequeña vuelta y me fui por donde había venido, cruzándome con el barquero que todavía tenía cara de preguntarse por qué no quería haber subido a una de sus barcas.



Justo al salir ví un cartel en un muro que decía que a dos minutos andando (así fue) doblando una esquina se encontraba el Dargha Cultural Centrum, donde había un museo con un teatro de marionetas. Me acerqué básicamente porque tenía curiosidad por el espectáculo, pero el anciano que lo gestionaba (también su fundador, el señor Sharma), me dijo que no había función porque los artistas estaban en una boda. Era un hombre muy afable que me ofreció visitar su museo a un precio simbólico. Se trataba de una colección que había atesorado durante años y años con esmero y cariño. Fotos, instrumentos musicales, y una incontable serie de objetos relacionados con el folkrore de la región. Al fondo, por una puerta, apareció un hombre más joven, que tendría mi edad. Tras mantener una breve conversación con él, me llevó a una sala apartada que exhibía postales, libros, cd's, etc, en mesas alargadas.


Aquel hombre tenía especial interés que comprara un libro en español sobre la historia de Jaisalmer titulado “La ciudad dorada”. Un pequeño librito escrito por el señor Sharma, cómo no. Profesor, historiador, escritor. Su labor es admirable. Quedaba pendiente poner una opinión positiva en un conocido portal de internet, según me comentaron. Finalmente no compré el libro que tenía fotos algo desenfocadas (pixeladas), pero sí que me hice con alguna postal y un cd de música folk del desierto. Sólo me había quedado con las ganas de ver una función de títeres. Pero, lo que a veces pasa, que, sin esperar, cambió mi suerte porque sí que había función. Seguramente se debió a la llegada de una pareja de turistas (anglosajones, pensé) que hacía poco estaban merodeando por el museo. Hasta entonces yo había sido el único visitante. Entendí que no iban a ofrecer el espectáculo solamente para mí, pero el señor Sharma podía haber sido más sincero. De todas maneras, dudo que le compensara hacerlo para tres personas. Igual número de artistas sobre el escenario: el marionetista, el tamborilero y un cantante.



El espectáculo duró como media hora y se sucedieron breves números musicales con las diferentes y típicas marionetas del Rajastán: ej jinete y su caballo, el hombre-mujer, una bailarina, un camello...
¡¿Qué se podía pedir más!? Salí encantando y me despedí del venerable Sharma, agradeciéndole todo. Me encaminé otra vez a la ciudad, y paré en una tasca a tomar un refrigerio.
El tren salía de noche, me quedaba tiempo de sobra. Llegando al albergue, me sucedió algo muy curioso, algunos niños me rodearon pidiéndome una foto. Aquello no era raro, pero lo sorprendente fue que alguno de ellos me pidió un pen (lápiz). Llevaba cuatro, pero eran más chavalines, y había leído que si daba menos de los que eran podían pelearse. Ante este dilema, pronto apareció el padre de uno de ellos que prefería dinero, aunque no lo ví muy necesitado. Finalmente me quedé con un lápiz y el mismo dinero.

sábado, 18 de julio de 2020

Viaje a la India (Episodio 23)

Visita a los templos jainistas de Jaisalmer

Al día siguiente, tras la rutina habitual, sólo quedaban dos chicos en la habitación con las mochilas preparadas. Me pregunté si se despedirían. Una de ellas, muy amable, quiso saber cómo había dormido, añadiendo, ¿frío, verdad? Pues sí, un poco... El aparato de aire acondicionado marcaba 23 grados. Doy fe de que funcionaba bastante bien, pero nadie dijo nada. De todas maneras, en cada cama había una manta preparada.
Supuse que el resto de los chicos estaban en el hall, pero cuando me fui a desayunar a una cafetería cercana, sólo estaban sus mochilas en la recepción. Tras volver al hostel, acabé de hacer la mochila, la dejé preparada y me fui a ver los templos jainistas. Que tenía pensado visitar. Entonces, en la puerta de entrada, me encontré con el chico portugués que ya se iba. Un tuk lo estaba esperando. Le pregunté por los demás. Se habían ido a desayunar y nos despedimos.
De camino a la ciudadela, me los crucé. Las chicas se iban a Jodpuhr en autobús a media mañana. El suizo no me estrechó la mano porque se quedaba algún día más y me preguntó qué iba a ver. (Los templos jainistas). No sé si quería venir, pero yo prefería ir solo. Hasta ese momento, me había parecido bastante soso y algo taciturno. Ya no coincidimos más. Me despedí de las chicas brevemente y sin redes sociales por en medio, seguí hacia el casco antiguo de Jaisalmer.



Fue una gozada pasear por sus intrincadas callejuelas sin tuks y contadas motos.
Visité los templos jainistas que estaban uno frente al otro. 200 rupias. Un señor con bigote que estaba por allí y con el pelo cano me acompañó y me hizo de guía espontáneo sin proponerle yo nada. Habría que pagarle después, claro.
La charla con aquel hombre mereció la pena, aunque insistió varias veces que las ofrendas (los donativos económicos) se dedicaban para mantener el templo, en ningún caso a los holyman (los hombres santos o sacerdotes). ¿Vivirían del aire? Pensé. Merodeando por el templo había alguno de estos señores, los cuales no dudaban en pedir dinero mediante alguna argucia diciendo: “Desde aquí puedes hacer una foto al techo”. Oliendo que querría dinero, le espeté, “no, gracias”. Otro sacerdote anciano me exhortó algo en hindi (que le llegué a entender por los gestos que hacía y lo enfadado que estaba) indicando un cofre que tenía cerca para que metiera dinero. ¡Qué gente tan devota! Dinero para el templo, seguramente. ¿No había pagado ya la entrada?



Los templos se conectaban entre sí mediante unas escaleras de los siglos XVI-XVII con sus impresionantes columnas y muros finamente esculpidos en mármol con todo detalle.
Le dí unas rupias al guía, el cual se quedó contentó pues me señaló otros templos jainistas que visitar. Tras agradecérselo, me encaminé a la “pizzería hindú” para pagar mis deudas. En la puerta del restaurante había una chica rubia y gordita que buscaba también al dueño. Estaba abierto, entré, le llamé, no había nadie. Me dí una pequeña vuelta para hacer tiempo. Si al volver seguía sin aparecer, se lo dejaría en un sitio escondido, donde lo pudiera encontrar con facilidad, por ejemplo, bajo las sábanas de su cama. Y así hice y me despedí de la chica. Al alejarme me pareció oír cómo una moto aparcaba, era él. Me acerqué y le agradecí su confianza y le confesé donde le había dejado el dinero, deseándole suerte en la vida.



Me dirijí hacia la otra parte de la ciudadela, donde había un antiguo cañón, recuerdo de otos tiempos. Estaba junto a un restaurante vacío con una interesante terraza con vistas a la ciudad moderna. Me pedí un té y un agua y allí me quedé un rato escribiendo y disfrutando de la tranquilidad. Mi estómago me avisó que necesitaba provisiones, pero antes quería visitar el Patun Haveli, unas de las casa típicas de la región de ricos comerciantes de varios pisos con piedra amarilla entallada con numerosas celosías.



La entrada costaba unas rupias y un joven se ofreció como guía, lo que acepté. Me empezó explicando que en realidad eran cinco palacios, de los que se podían visitar dos. Uno antiguo y adecuadamente conservado y otro más moderno. Aposté por el primero, sin dudarlo. Entendía bastante bien lo que decía. Y así, me acompañó en todo momento y se ofreció a hacerme alguna foto. La visita fue bastante amena e interesante. Después de pagarle, salí y me encaminé a unos bancos que estaban en frente de la casa, desde donde se podía disfrutar de la fachada del haveli. Se encontraba en una replaceta. En un rincón sombreado había un niño que vendía marionetas típicas del Rajastán. El crío estaba esperando a algún turista. Aunque me gustan los títeres decidí no comprar ninguno porque se convertiría en una carga y me faltaban casi dos semanas de viaje. El chico insistió tanto que me hizo una demostración, fantástica, por cierto. Le dí unas rupias que no esperaba. Entonces me comentó que las hacía él y que era un negocio familiar.
Busqué un sitio donde comer y tras callejear un rato, llegué a la puerta de entrada que formaba parte de la muralla. En esa zona había varios restaurantes, me decanté por uno con terraza, aunque posiblemente todos tendrían la suya. El jefe vigilaba sentado desde el mostrador a los comensales y algún camarero era un niño. La comida, como solía suceder, era tan abundante que ya tenía cena. Me quedé un rato admirando (y dibujando) los torreones y la fascinante muralla.





domingo, 12 de julio de 2020

Viaje a la India (Episodio 22)

Una tarde acompañado en Jaisalmer

Tras la comida en el restaurante y sin haber pagado, decidí ir al hostel a descansar un poco. Las horas centrales del día no invitan a pasear precisamente, el sol es inclemente. Tampoco estaba muy lejos. Saliendo de la ciudadela, me crucé con los chicos del hostel. “Morirán de una insolación”... Pensé... Nos saludamos y seguimos nuestros caminos.
Ya en la habitación, aunque había aire acondicionado, no encontré el mando y creo que hacía más calor dentro que fuera. Me duche para refrescarme. Bajé al vestíbulo después de un rato, tirado en un colchón con cojines orientales y me puse a escribir, leer y dibujar.


La tarde avanzaba y me apetecía salir para dar una vuelta. Volví a la habitación, adonde ya habían vuelto los chicos (no les había visto porque habían entrado por otro pasillo). Una de las chicas me preguntó por los planes que tenía para esa tarde y me propuso ir a cenar con ellos. Alguno de ellos aún tenían que ducharse. Acepté encantado y sorprendido por la invitación. Quedamos en veinte minutos en el hall. No tardaron mucho y nos encaminamos a la ciudadela. Durante el paseo, estuve conversando con un chico portugués. Nos decidimos por un restaurante con unas interesantes vistas panorámicas. Sólo había unos cuantos turistas.


Acordaron pedirse unas cervezas, y no quedé atrás. Pensé que había alguna pareja dentro del grupo, pero me equivoqué. Dos amigas eran alemanas, una de ellas musulmana pues tenía ascendencia turca. Se habían encontrado en Delhi con la chica belga y conectaron tanto que decidieron seguir el viaje juntas. Más adelante se unieron los otros chicos, el citado portugués y un italo-suizo.



Ya he comentado que teníamos unas magníficas vistas a la muralla de la ciudad, que, al caer la noche, daba un aire mágico. La cena se desarrolló en un ambiente distendido, con algún que otro silencio debido a la participación de algún móvil. Las chicas eran jovencitas... 23 años.. ¡Podía ser su padre! Es más, el padre de una de ellas tenía un año más que yo. El camarero, de mediana edad, intentaba ser gracioso, sin mucho éxito e intentaba ligar con una de las chicas torpemente. En un abrir y cerrar de ojos, les estaba pidiendo el facebook a las chicas... Y para disimular, me lo pidió a mi también... Acabada la cena, volvimos al hostel, y de camino, junto a la entrada de la ciudad antigua en una explanada había un pequeño escenario con telas con vistosos colores. Habría unas 50 personas como público sentadas en el suelo encima de una gran tela y también en sillas. Nos sentamos unos minutos. El chico suizo, como no le interesaba, se fue al hostel.
Encima del escenario, junto a una mesa estaban sentados dos jóvenes ataviados como si fueran dioses hacían plegarias y cantaban acompañados de harmoniums y un cantante.
No nos quedamos hasta el final y ya en el hostel acabamos jugando al UNO en una terraza con la linterna de los móviles y mi frontal. Gané una de las partidas.


miércoles, 8 de julio de 2020

Viaje a la India (Episodio 21)

Llegada a Jaisalmer

Al salir de la estación, me encontré con la ya esperada estampida de chóferes que se acercaban a mí como si fuera cual famoso para llevarme a donde les dijera. Hay que decir que era temprano y los viajeros se podían contar con los dedos de una mano. Me decanté por un señor alto que iba en 4x4 sin discutir el precio. Kluba, que era como se llamaba, pronto intentó venderme su safari-camel. Por el camino nos cruzamos con muy poca gente y conducía de una manera tan parsimoniosa que incluso sospeché algo raro. ¿Estaba en la India? Rechacé su excursión por el desierto y llegamos al hostel con tiempo de sobra. Como era tan pronto, me llevó a tomar un chai cerca. A eso sí que acepté. Además él tenía que ir al baño. Nos tomamos el chai de rigor en un puesto callejero cuyo dueño conocía Kluba, y que ya tenía clientes madrugadores y, tras intercambiarnos los números de teléfono por si cambiaba de opinión sobre el safari o para recomendarle, nos despedimos en la puerta del hostel.


El albergue simulaba un palacete de época de los marajás, sobre todo, el vestíbulo, y estaba ubicado a las afueras de las impresionantes murallas de la ciudadela de Jaisalmer. En la recepción del albergue no había nadie, (para variar) y, al asomar la cabeza, vi, digamos en la “trastienda”, un colchón donde dormía plácidamente un chico. En el vestíbulo rodeado de columnas árabes, había tres colchones más con cojines alargados. El chico se despertó poco después y, como todavía no podía registrarme, le pedí que me trajera algo para desayunar. Un chai. Decidí dormir un poco en uno de aquellos colchones y lo conseguí , cayendo en un sueño en el que veía perfectamente cómo me despertaba a la una del mediodía, bastante molesto, pues quería visitar la ciudad y había perdido un tiempo precioso. Por suerte, fue un sueño, o una breve pesadillla, porque, al despertar, en realidad eran las 9 de la mañana y resoplé satisfecho.


En el preciso momento de registrarme en el hostel, vino un grupo de chicos y chicas con semblante europeo. Como bien supuse venían de hacer un safari a camello que organizaban desde el albergue y hablaban inglés. Después de que les atendieran rápido, firmé en el libro (que yo llamo de autoridades, en todos los hostels hay uno) donde inmortalicé mis datos.
El chico del hostel me preguntó por el safari-camel, y le comenté que no estaba en mis planes. La verdad es que creía que eran dos noches y no una. No había comentado que en Jodpuhr a la hora de reservar por mail me quedé dudando y finalmente no lo confirmé, aunque me dije: ¿Realmente me apetece? La respuesta era que no. El chico muy serio, me preguntó por qué. Le contesté que había cambiado de opinión, intentó convencerme y le respondí que ya tenía comprado el billete de tren de vuelta a Jodpuhr al día siguiente por la noche. Evidentemente, entendí que no le hiciera mucha gracia. Me enseñó el único dormitorio que había con tres literas y seis camas, los demás eran habitaciones dobles. Y en él coincidí con los chicos del safari. Tres chicas y dos chicos , que se estaban duchando (por separado) y que saludé brevemente. Esperé mi turno y, listo y preparado, me encaminé hacia la fortaleza. Los chicos se quedaron en la habitación descansando.


La ciudad amurallada de Jaisalmer alberga dos palacios unidos, uno más grande que el otro que al igual que en Jodpuhr lo habían transformado en un museo con treinta paradas. A medida que me acercaba a la entrada por un camino empinado, me asediaron guías locales (alguno podría no serlo) que querían enseñarme el castillo. El ticket con la audioguía y la cámara supuso en total 600 rupias. Era más modesta que la de Jodpuhr pero conservaba su encanto y me gustó bastante.
Al terminar la visita, se había hecho la hora de comer. Me hubiera gustado visitar los templos jainistas que había, pero cerraban a las 12 del mediodía, tendría que ser al día siguiente. Estuve callejeando por el dédalo de estrechas y tortuosas calles sin asfaltar de la ciudadela, increíblemente tranquilo, libre de tuk-tuks, aunque no faltó alguna moto, siempre impacientes y que, por lo visto, tienen prohibido ceder el paso a los peatones.


A cierta distancia descubrí un cartel de un restaurante de comida italiana colgado a unos metros del suelo, encima de la entrada. También ofrecían comida local. Me hizo gracia y decidí entrar. El anfitrión era un chico con barba de unos treinta años, quizá más joven. Me enseñó la carta que tenía una variedad. Digamos que no tenía mucho glamour, a pesar del cartel, más bien, podías sentirte en una casa. ¡Y así fue! El chico me comentó que el edificio podía tener 400 años (que me lo creí) y que la arquitectura era la típica del lugar: el haveli con balcones en celosía en piedra amarilla con varias alturas. Los escalones doy fe que podían ser los primeros de Jaisalmer, de medio metro de alto. En cada uno de las plantas había una terraza sucia y un mobiliario tan antiguo como la casa y algo destartalado. Polvo no faltaba, excepto en la terraza superior, donde se encontraba el restaurante. El chico me decía de vez en cuando “tú como en tu casa”, yo pensaba, sí, pero más limpia. Ya sentado, me preguntó que quería y le respondí que qué tenía, Me respondió: “lo que quieras”, le comenté que “que lo quieras es mucho, veamos...italian food..y me dijo: italian food no puede ser. “Entonces lo que quiera no puede ser...Tendrías que ser más sincero”, le dije... Sí, sí, añadió. Finalmente pedí un thali, tres o cuatro pequeños platos con pan. A la hora de pagar, no tenía cambio y tampoco se podía pagar con tarjeta, quedamos que volvería al día siguiente a pagarle. Como así hice. Antes me había contado un poco de su vida.